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EL DÍA DE LA REVELACIÓN crítica: El día de la decepción

Nuevo cifi de Spielberg, lo que es toda una fiesta, aunque una fiesta sin refrescos y sin ganchitos

CHEMA PAMUNDI

Salí del pase de El día de la revelación un tanto estupefacto, hasta el punto de que decidí caminar los más de 5 kilómetros que llevaban desde la sala de cine a mi casa. Necesitaba despejar la cabeza y darle vueltas a lo que acababa de ver. No me había gustado. Un nuevo estreno de Steven Spielberg siempre es un acontecimiento, y más si está adscrito al género fantástico, y todavía más si se ha promocionado como su probable epílogo personal acerca de los contactos entre humanos y seres de otros planetas, sin duda la temática en la que Spielberg ha sentado más cátedra que ningún otro director vivo o muerto. Y resulta que no me había gustado. No solo eso, sino que por momentos me había parecido ridícula.

Reconozco que me da cierta pereza hacer de aguafiestas, en un contexto en el que la película está siendo recibida por la mayoría de fans con benevolencia, y hasta con cierto entusiasmo. Y entiendo esa benevolencia, ese entusiasmo. Porque es Spielberg y todos le queremos, y el tipo tiene ya 79 años y nada que demostrar. Simplemente, no apetece meterse con El día de la revelación. Pero es que no hay por dónde cogerla: incluso en sus mejores momentos, es un muestrario de ideas recicladas que el propio Spielberg ya había manejado de manera mucho más lúcida, compacta y atractiva en toda su filmografía anterior al respecto. No dice nada nuevo y, sobre todo, no lo dice mejor. Así que (suspiro) vamos allá.

A priori, el argumento tendría gancho suficiente como para haber dado de sí una cinta estupenda, combinando la adrenalina de los thrillers conspiranoicos setenteros (El último testigo, Marathon Man…) con certeras reflexiones sobre la ceguera autodestructiva del ser humano. Por desgracia, el guion de David Koepp, desarrollado a partir de una serie de anotaciones que Spielberg llevaba años acumulando, no funciona en absoluto. Resulta encomiable que un director con casi 40 títulos a sus espaldas siga atreviéndose a jugar fuera de su zona de confort, dispuesto a probar cosas tan radicales (para él) como arrancar la acción “in media res”, cambiar por completo de tono a media película, o mantener oculta la idea que otorga sentido al título hasta la ultimísima secuencia. Sin embargo, da la sensación de que Koepp ha tenido serias dificultades para plasmar la “tormenta de ideas” de Spielberg en un libreto que resultara consistente (prueba de esto es que tuvo que reescribir el tratamiento inicial más de 40 veces, antes de llegar a algo que les convenciera a ambos).

El día de la revelación está estructurada en dos mitades muy claras. La primera es una mera sucesión de persecuciones, punteadas por diálogos cargados de paja que giran y giran sobre sí mismos, intentando generarte expectativas sin destriparte lo que YA SABES que va a ocurrir. La segunda mitad hace encajar las piezas (confirmando lo que YA SABÍAS que iba a ocurrir), pero con unos Deus Ex Machina de lo más groseros, un villano fofo y mal justificado, unos protagonistas con los que no acabas de conectar, una resolución del todo inverosímil, y varias escenas en las que, incluso, hay que contenerse para no soltar una carcajada involuntaria. Lejos de redimir la película, esa segunda parte es lo que la convierte en un meme.

 

"Ten paciencia, 1941 también tuvo malas críticas y 50 años después es un clásico"

 

A la trama tampoco le hace ningún favor el empeño de Spielberg y Koepp por embutir en ella 80 años de ufología sin dejar nada fuera, en muchos casos con total ausencia de contexto o de calorías dramáticas (en cierta escena se forma un círculo en el pasto PORQUE SÍ, porque en todo relato de OVNIS tiene que haber un círculo en el pasto, y ya está; no pidas explicaciones ni lógica interna). Así, El día de la revelación acaba siendo un guirigay que tantea un montón de cuestiones científicas, sociales, éticas y filosóficas, pero sin profundizar en ninguna de ellas, sin ofrecer matices finos, hipótesis atrevidas ni sorpresas. Se limita a irlas enumerando y al rato les da la “respuesta perfecta”, como quien repasa los ingredientes de una receta de cocina y las cantidades que hay que añadir de cada uno.

Visualmente no se puede negar que la cosa está bien facturada, aunque sin fliparse tampoco: algunos saltos entre escenas se perciben precipitados, los efectos digitales son en su mayoría terribles (esos animales que parecen creados por una IA de 2024…), y en general no hay una sola escena que le pinte la cara a E.T. o Encuentros en la tercera fase. Pero bueno, digamos que la acción tiene brío y que hay, aquí y allá, algún que otro chispazo de genialidad que nos recuerda al mejor Spielberg (por ejemplo, la cara del protagonista reflejada en el cuchillo de cocina con el que están a punto de atacarle). Sin embargo, la pericia técnica no consigue salvar una historia que demasiado a menudo avanza sobre unos raíles dramáticos tan unidireccionales como previsibles.

El peor de ellos son unos aparatos alienígenas, una especie de joysticks inalámbricos, de los que no se nos explica nada pero que tienen el poder de hacerlo todo. Es decir, todo lo que necesite la trama para avanzar en cada momento, ya sea comunicarse telepáticamente, controlar la mente de alguien, volverte invisible o suplir un generador eléctrico. Es un “Lo hizo un mago” bochornoso. Imposible esforzarse menos a la hora de sacarse de la manga un recurso para solucionar por la puñetera cara los agujeros de guión.

“Incluso en sus mejores momentos, El día de la revelación es un muestrario de ideas recicladas que el propio Spielberg ya había manejado de manera mucho más lúcida, compacta y atractiva en toda su filmografía anterior”

Y, bueno, cuando crees que todo esto ya no puede empeorar, llega el esperpento final: el clímax de la cinta, que intenta persuadirnos de que la TV tradicional es el medio de difusión masiva más fiable para revelar al mundo la existencia de los aliens, es de un nivel de papanatismo intragable para cualquier espectador criado en la era de las redes sociales, las fake news y los vídeos generados por IA. Claro, hay que aceptar que si a los protagonistas se les llega a ocurrir descargar los archivos robados en un ordenador portátil y subirlos a Twitter, You Tube, Instagram y Tik Tok… pues no tendríamos película (habría sido un cortometraje de 10 minutos). Pero, por mucha suspensión de incredulidad que decidas poner en práctica, resulta imposible creerse su plan de cruzar medio Estados Unidos, hackear un telediario de una cadena local y emitir unos vídeos de platillos volantes dando por hecho que toda la población del planeta los va considerar auténticos sin rechistar. En 1986 aún colaría. En 2026, es absurdo a más no poder.

De todos modos, aún con sus graves deficiencias argumentales, quedaba margen para salvar El día de la revelación. A lo largo de su carrera, Spielberg ha sabido vendernos una y otra vez historias inverosímiles gracias a su capacidad para ilustrarlas con un carisma arrollador y una inteligencia desarmante en el uso de códigos narrativos puramente cinematográficos. Títulos como Tiburón, Parque Jurásico o La guerra de los mundos tienen tramas estrafalarias, pero hay tantísimo CINE en cada plano, que todo lo demás da igual (tal como les dijo Spielberg en su día a los productores de Tiburón, cuando se quejaron de que nadie se iba a creer el final: “Si he logrado mantener al público al borde de la butaca durante dos horas, se creerán lo que les cuente”). Sin embargo, esa magia apenas hace acto de presencia en El día de la revelación. Spielberg parece falto de frescura, cada escena da la impresión de haber sido construida desde el esfuerzo milimetrado, no desde el talento innato. No es una película espontánea. Es una película que quiere parecer espontánea.

Y sobre todo, y ese pecado ya sí que es imperdonable, es una película que no toca la fibra sensible. Cuando E.T. les decía a los humanos “Sed buenos”, no quedaba un lagrimal seco en la sala. Aquí, idéntico mensaje te deja frío (porque, en efecto, tanto rollo y al final la conclusión es esa: tenemos que ser empáticos los unos con los otros; he leído reflexiones más profundas en galletitas de la fortuna). Los personajes principales sueltan larguísimos monólogos sobre sus sentimientos, pero no te los transmiten. Se muestran absortos, titubeantes e histéricos, pero en lugar de generarte apego te acaban poniendo incluso un poco de los nervios. Emily Blunt y Josh O’Connor son dos actores competentes. La culpa no es suya.

 

"Y yo que pensaba que poniendo esta expresión, nadie sabría que soy el malo"

 

En cuanto a los personajes secundarios, la mayoría parece cumplir la única función de poder explicar en voz alta partes de la trama, pero su peso emocional es el mismo que si estuvieran recortados en cartón. Tomemos como ejemplo a las respectivas parejas de los protagonistas: el novio de Emily Blunt es un simple pretexto para generar diálogos con conflicto, en los que veamos que a ojos del mundo ella parece una chiflada; y la novia de Josh O'Connor es una joven con crisis de fe, que solo sirve para resolver rapidito el debate religioso de la película (se le pasa la tontería tras hablar por teléfono con una monja que le viene a decir que no se ralle, que a los extraterrestres también los hizo Dios).

No obstante, nada comparable con el patetismo del antagonista principal, el CEO de la corporación Wardex, una especie de descarte de villano de James Bond con depresión crónica, al que Colin Firth interpreta como si acabara de levantarse de la siesta cada vez que entra en escena (por mucho que me guste Colin Firth, aquí el error de casting es evidente). El personaje se parece demasiado al Nolan Sorrento de Ready Player One (el director corporativo sin escrúpulos que decide mancharse personalmente las manos persiguiendo a los protagonistas, porque de repente se da cuenta de que solo ha contratado a incompetentes), pero con unas motivaciones melodramáticas basadas en un trauma personal que son de lo más patilleras. Su escena final da muchísima vergüenza ajena.

En realidad, si bien la campaña de marketing previa al estreno de El día de la revelación puede haber resultado algo engañosa, al generar unas expectativas equívocas sobre su contenido, esto no deja de ser un Spielberg clásico, una muestra más de su positivismo naif de toda la vida, asentado en cimientos tradicionales como la espiritualidad o los vínculos familiares. Sin embargo, en ninguna de sus anteriores incursiones en la ciencia-ficción especulativa lo había plasmado de una forma tan tosca, hueca, acartonada y… sí, aburridita. Se deja ver, pero no tiene ideas, fuste ni carisma para aguantar sus dos horas y cuarto sin caer en cierta desesperación de ocasión desaprovechada. Todo esto podía haberse hecho MUCHO mejor. Ahí tenemos por ejemplo Midnight Special o La llegada, dos cintas a las que El día de la revelación intenta parecerse en mayor o menor medida, pero se queda en un reflejo descolorido de ambas.

No pasa nada. Aunque Spielberg se hubiera retirado del cine hace 20 años, seguiría siendo el cineasta norteamericano más importante de su generación. Por suerte para todos, ha seguido rodando a buen ritmo durante esos 20 años, y si bien su catálogo durante dicho periodo ha engordado con muchos más títulos menores que mayores (quizá el único que podría entrar en un top de sus mejores obras sería el suntuoso remake de West Side Story), cada nuevo estreno suyo sigue recibiéndose como un regalo, porque sabemos de lo que es capaz. A lo largo de las décadas le hemos perdonado cada Always, cada La terminal y cada War Horse, a la espera de la siguiente Minority Report. Por supuesto, le vamos a perdonar también El día de la revelación. En nuestros corazones, Spielberg tiene crédito infinito.

 

INFORME VENUSVILLE

Venusentencia: Congelada en carbonita.

INF VNV 2

Recomendada por Kuato a: quien quiera ver una mezcla involuntaria entre Expediente X y “Muchachada Nui”.

No recomendada por Kuato a: quien solo tenga interés en verla por saber cuál es la revelación de marras. No vale la pena. Es más decepcionante que la sorpresa de un Huevo Kinder.

Ego-Tour de luxe por: la escena en la que los protagonistas escapan de una redada haciéndose invisibles. No porque sea buena, sino por la risa que da.

Atmósfera turbínea por: los constantes guiños postizos de simbolismo judeocristiano. Desde el hecho de que los personajes que se rebelan contra la corporación Wardex sean doce, hasta Emily Blunt como profeta que obra milagros, o incluso la palabra que cierra la película, sacada directamente de una de las principales plegarias de la Torá. Qué turra, Steven.

 

EL DÍA DE LA REVELACIÓN. ESTRENO EN ESPAÑA: 12/06/2026.

 

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