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AVATAR: FUEGO Y CENIZA crítica: Pandora recalentada

Tercer episodio de la inacabable Avatar y segundo de la nueva era. Ánimos, ¡que ya sólo quedan dos!

CHEMA PAMUNDI

Lo que me resulta más gracioso del fenómeno Avatar (en modo “ironía ON”), es comparar el convencimiento de James Cameron de estar creando un clásico moderno imperecedero, versus la indiferencia generalizada de un público que, disfrute más o menos con las películas de la saga, mayoritariamente se olvida de ellas nada más salir del cine, hasta el punto de que casi nadie recuerda que los bichos azules son los na’vi o que el protagonista de toda esta vaina se llama Jake Sully.

Que el empeño mesiánico de Cameron por forzar la penetración de Avatar en la cultura popular caiga en oídos sordos, es un rayo de esperanza en una época dominada por departamentos de marketing que se gastan millonadas en hacernos comer cualquier papilla que producen. Pues mira, a veces resulta que no tragamos. Avatar: Fuego y ceniza era el blockbuster que tocaba ir a ver esta Navidad, sí, y por lo tanto su buen rendimiento en taquilla estaba asegurado, pero no conocerás a un solo niño que les pida a los Reyes Magos un peluche de Jake Sully. Los niños (y los mayores) están ahora mismo pendientes de Baby Yoda, del final de Stranger Things y del regreso del Capitán América a los Vengadores, no de Avatar.

Bueno, vale, ¿y la película en sí qué tal está? Pues es la peor de las tres, para sorpresa de nadie. Avatar: Fuego y ceniza reproduce los excesos de duración, turra discursiva superficial, guion papanatas y escasez de carisma de las dos anteriores, pero sin la capacidad de la primera para dejarnos boquiabiertos con su despliegue técnico/artístico, ni los reflejos de la segunda para ampliar el marco de su mitología con ideas nuevas. Es básicamente una repetición de cosas que ya habíamos visto y con las que ya nos habíamos aburrido.

 

"Estas pelis de Avatar no son películas, son pruebas de resistencia para la vejiga"

 

Avatar: Fuego y ceniza arranca con Jake Sully (Sam Worthington), su esposa Neytiri (Zoe Saldaña) y sus hijos Lo’ak, Kiri y Tuk (me podría estar inventando los nombres de todos y no os daríais cuenta), teniendo que lidiar con una crisis familiar debido a los traumas arrastrados en Avatar: El sentido del agua, en especial la muerte en batalla de Neteyam, el hijo primogénito. Tras esa tragedia, Neytiri ha desarrollado un odio acérrimo hacia los humanos, incluyendo a Spider, el jovenzuelo saltimbanqui al que la familia había criado como un hijo más, pero al que ahora Neytiri ve como una amenaza (de esto te enteras porque cada vez que se miran le enseña los dientes). Para calmar los ánimos, Jake Sully decide que la mejor terapia es que toda la familia se vaya de viaje a casa de la abuela (no, no es coña), en la otra punta del planeta Pandora. Venga vamos, que la yaya nos hará merienda, veréis qué bien.

Por el camino, a la familia LE PASAN COSAS. La más relevante de ellas es que se quedan atrapados en una jungla y son perseguidos por una tribu de na’vi asalvajados que se pintan el cuerpo, suelen gruñir en vez de hablar y llaman a las armas de fuego “palos de trueno” (me hace gracia que la crítica americana destaque lo novedoso y original que es el universo de Avatar, cuando en realidad James Cameron se ha limitado a reciclar elementos de la literatura pulp de hace cien años, como Tarzán o John Carter de Marte). Esto acabará conectando con la trama principal de la película, que como ya he dicho no es más que una receta recalentada: los marines de la Tierra quieren esquilmar los recursos de Pandora y envían a su mejor soldado, Miles Quarich (Stephen Lang), a liquidar a Sully, un desertor que se ha convertido en líder de la resistencia na’vi y les toca las narices y el orgullo.

Avatar: Fuego y ceniza son tres inacabables horas (197 minutos para ser exactos) de arcos dramáticos tópicos, interludios contemplativos de los na’vi disfrutando de la naturaleza, escenas de acción bien rodadas pero formulaicas, diálogos acartonadísimos, y el habitual discurso epidérmico sobre las maldades del colonialismo, el poder sanador de la Pachamama y las teorías filosóficas del buen salvaje, todo ello vestido con un look visual turboétnico y paisajes de tonos pastel que parecen salvapantallas de iMac.

Avatar: Fuego y ceniza reproduce los excesos de duración, turra discursiva superficial, guion papanatas y escasez de carisma de las dos anteriores”

Entre los pocos aciertos del guion está el personaje de Varang (Oona Chaplin), la jefa de la tribu de los na’vi selváticos, una villana algo menos cliché que todos los demás que hemos ido viendo a lo largo de la trilogía, y que transmite un magnetismo y una ferocidad estilo Charles Manson que elevan el interés siempre que aparece en pantalla. Lástima que James Cameron la acabe relegando a un papel de comparsa en el último acto y la lleve al tópico rancio de librar un “combate de chicas” secundario contra Neytiri, mientras Sully y Quaritch se miden los rabos protagonizando el duelo estrella de la velada. Di que sí, las tías tirándose de los pelos la una a la otra mientras los dos machotes principales resuelven lo realmente importante.

Del resto de personajes, los hijos y la esposa de Sully aún tienen algo de chispa, en especial la telépata Kiri (Sigourney Weaver), pero los humanos son lamentables. Spider (Jack Champion), el chiquín adoptado por los na’vi, que hasta ahora había sido un personaje infradesarrollado y casi anecdótico, protagoniza de repente una subtrama de lo más loca sobre su capacidad para respirar en Pandora sin necesitar máscara, algo que interesa más bien poco y viene propiciado por un deus ex machina tan burdo que da hasta vergüenza ajena (lo que en cambio da bastante risa es que no se cambie el taparrabos andrajoso ni cuando los marines lo capturan y se lo llevan a su base para estudiarlo).

Respecto a los humanos “malos”, es decir los líderes militares y corporativos que han invadido Pandora, salvo el cachondamente cínico Quaritch (Stephen Lang) no se salva ninguno. Es de suponer que Cameron quería evitar que el espectador sintiese la más mínima afinidad hacia ellos, y que tuviese claro que los na’vi son los buenos, pero se le ha ido la mano por el otro lado, mostrándolos como seres unidimensionales que sueltan diálogos utilitarios con voz de autómata y tienen la misma inexpresividad que si fueran personajes de Minecraft. Está también por ahí Jemaine Clement haciendo de biólogo con escrúpulos y alivio cómico, pero mejor corramos un tupido velo sobre sus capacidades interpretativas.

 

"Las nuevas películas de Avatar no acaban, ¡se rinden!"

 

Hay una escena que me ha parecido muy reveladora como ejemplo de lo que acabo de decir: la base de los humanos es atacada por sorpresa en plena noche y su alterado administrador (Giovanni Ribisi) aparece en el centro de control pidiendo explicaciones. Va en calzoncillos, porque se supone que el ataque le ha pillado durmiendo. Esto pretende ser un gag, pero ni yo escuché una sola risa en la sala, ni me pareció que ninguno de los personajes en pantalla reparase en ello. A nadie, ni a la propia película, le importan un cuerno los personajes humanos.

La cinta tiene, por supuesto, sus momentos de gran espectáculo visual, pero sin estar anclados en un desarrollo dramático que nos resuene, y dispersos en una desmesura de metraje casi obscena (“mantequilla extendida sobre demasiado pan”, que diría Bilbo Bolsón), lo que te queda al salir de la sala es justo la sensación de chapa que te temías antes de entrar. No recuerdo haber mirado tantas veces el reloj durante una proyección e irme diciendo a mí mismo “Bueno, ya queda media hora menos”. Avatar: Fuego y ceniza es como revisar una pila de cartas del juego Magic: El encuentro. Por muy bonitas que sean las ilustraciones, a ti lo que te interesa es que el texto de las cartas las haga atractivas a la hora de jugar. Lo que tenemos aquí es una colección de cartas con bonitas ilustraciones pero que no incluirías en ningún mazo.

James Cameron ha sido considerado durante muchos años, y con justicia, el rey de las secuelas, gracias a dos catedrales perfectas del cine de entretenimiento como Aliens y Terminator 2, que no solo divertían y emocionaban sino que encontraban espacio para dejarte maravillado llevando la trama por derroteros inesperados. Nadie le está exigiendo al Cameron actual que sea infalible, pero es muy decepcionante que con una “labour of love” tan evidente como Avatar (las ideas troncales de la saga llevaban dándole vueltas en la cabeza desde los años 80) se haya acabado acomodando y conformando con repetir tres veces la misma película, cada vez con mayor presupuesto pero con menos frescura. Pereza infinita.

 

INFORME VENUSVILLE

Venusentencia: Congelada en carbonita.

INF VNV 2

Recomendada por Kuato a: quien quiera rememorar aquellas sensaciones de infancia durmiendo la siesta en el sofá un sábado por la tarde, mientras en la tele sonaba de fondo una peli de romanos que no le interesaba a nadie.

No recomendada por Kuato a: quien esté pensando en darle una última oportunidad a la saga Avatar, se va a dar cuenta enseguida de que esa última oportunidad debería haber sido Avatar: El sentido del agua.

Ego-Tour de luxe por: el prólogo onírico con Neteyam, el hijo fallecido. Es el único momento de toda la cinta que está cerca de emocionar y que dice algo con cierta profundidad sobre la vida y la muerte.

Atmósfera turbínea por: la sensación de día de la marmota al pensar que todavía nos faltan al menos otras dos entregas de esta cataplasma.

 

AVATAR: FUEGO Y CENIZA. ESTRENO EN VENUSVILLE: 19/12/2025.

 

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